
Me llamo Lurztan
Relato corto dentro del universo Trece Tronos
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El hijo mayor de la emperatriz es déspota, frío, distante y alguien con quien pocos querrían problemas. Pero Lurztan, soldado de la legión Aes, lleva tiempo mirándolo desde lejos, deleitándose en la terrorífica hermosura de su rostro. Hasta que un día se atreve a acercarse:
Así empieza este relato corto:
Detuvo la montura al escuchar voces y risas. El batallón que lo acompañaba prosiguió con su camino sin que a nadie le alertaran aquellos familiares sonidos, cuyo origen era de sobra conocido. El bosque de Triantán albergaba una barrera mágica a cuya protección trabajaban los soldados aes, alejados de Ántico.
Desabrochó la primera correa de la armadura áurea para dejar respirar la herida que aún le latía pese a las curas que se le habían efectuado.
Cuando se acercó, no tardó en verlo y, como había hecho tantas otras veces, se deleitó con aquella sencilla visión. Axneon resoplaba, contemplando sus manos malheridas. La invocación de caballos en la Aes no tenía nada que ver con la que se llevaba a cabo en la Praes y las quemaduras eran una constante en la creación de caballos tormentanos, como todos conocían a los ejemplares de la legión de estabilización. Observó el corcel de Amsi, la general al cargo del batallón al que lo habían destinado y se deleitó en la robustez de su cuerpo, la larga crin grisácea que emulaba un jirón de niebla. La forma en la que las nubes parecían moverse en sus ijadas, la tormenta desatada en los ojos serenos del animal. Verlo resultaba todo un espectáculo, pero darle forma era otra cosa. Menos bella y más dolorosa, al menos hasta que lograba dominarse con soltura el embrujo.
—Axneon, sana esas manos —le ordenó Amsi—. Esta tarde salimos de excursión por terras licántropas y las necesito al cien por cien —anunció la mujer, haciendo extensible el mensaje a todos los demás—. También para esta noche. Te espero en mi cuarto, a las diez —murmuró, deslizándose por su lado como una sombra y sin detenerse.
El joven príncipe sonrió mientras observaba las manos llenas de sangre y quemaduras. A duras penas era capaz de cerrar los dedos. No era el único y no era extraño. Invocar a un caballo de la aes exigía amasar una tormenta entre las manos, darle forma a los rayos, a la fuerza descomunal que en ellos se aglomeraba y soltarla en una creación indomable que solo un ántico capacitado, es decir un aes o un áureo, fuese capaz de someter y dominar.
Los sanadores llegaron hasta allí y él se alejó, sentándose sobre una de las banquetas de piedra mientras los demás soldados sanaban sus heridas. No se acercaría a un télaso para que le pusieran una mano encima. Solo eran cortes, quemaduras y tal vez alguna pequeña fractura, heridas que no lo lastrarían en ninguna de sus obligaciones.
—Puedo ocuparme si lo deseáis... alteza.
Se giró ante la serena voz de un hombre y no pudo ocultar su asombro al encontrarse ante un soldado áureo. Hasta allí se había desplazado un batallón aes, un lugar habitual, protegido por una barrera mágica que evitase la propagación de incendios al convocar a sus corceles. Y como si fuera capaz de leerle la mente, el joven volvió a hablar:
—Mi unidad acaba de llegar desde Kaulas y oímos el entrenamiento de la Aes. Nos acercamos a verlo.
—¿Cómo ha ido? —quiso saber Axneon—. En Kaulas.
—Resulta difícil valorar las evoluciones allí. Una vorágine de lucha, sangre, bajas y refuerzos. Es como una espiral inacabable que deja todo igual.
Axneon abrió y cerró los dedos de sus mano derecha, apartando la vista del recién llegado.
—Espero que no sea así realmente.
—No... Seguro. Lo que... lo que quiero decir es... —El joven guardó silencio, zozobrando en unas explicaciones que, temía, no hubiesen agradado a Axneon.
—Habla —lo azuzó este, cuando el áureo calló. El joven parecía nervioso, como si temiera haber metido la pata por aquel comentario tan pesimista sobre la situación en terra vampira.
—Es complejo verlo de otro modo hasta que los generales no nos pongan al día de la situación real, del daño causado y el sufrido. Acabo de llegar. Hemos luchado con arrojo, ha ido bien.
Axneon asintió y el muchacho se acercó.
—Me atrevo a decir que tenéis dos dedos rotos, como mínimo.
El príncipe se mordió el labio y resopló al tiempo que el recién llegado se agachaba ante él.
—Puedo sanaros.
Axneon extendió las manos y el muchacho las sostuvo por debajo. Un calorcillo agradable se prendió, envolviendo la piel de ambos.
—¿Cómo te llamas? —quiso saber Axneon, sus ojos azules clavados en el hermoso rostro del áureo.
—Me llamo Lurztan, para serviros, mi señor.
—¿Cuánto llevas en la negra y dorada?
—Es mi primer año.
—No hemos coincido en la Aes, entonces.
—No, alteza.
—Te recordaría.
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